viernes, julio 19

Brazos en cruz | Deportes

El primer gol que Bellingham marcó con el Birmingham City fue un churro. Se acercó al área, amagó con dar un pase pero le dejaron unos metros y disparó; el balón golpeó a un rival y se coló despacio en la portería rival. El estadio enloqueció, él enloqueció, sus compañeros enloquecieron. La competición era la Championship, la Segunda inglesa. Pero Bellingham había cumplido 16 años dos semanas antes. Y se fue corriendo histérico agitando los brazos hacia la grada y se tiró de rodillas en el césped. Hubo que esperar a su segundo gol, tiempo después, en un partido en casa del Charlton. El balón le llegó franco dentro del área; a Bellingham le dio tiempo a colocarlo en un ángulo y se fue corriendo con los brazos en cruz a la grada en la que estaban los seguidores azules, se plantó delante de ellos y se quedó así, en esa postura. Fue en abril de 2020 y Jude Bellingham nunca dejó de hacer esa celebración desde entonces. Su impacto en el juego del equipo inglés fue tal que, tras jugar sólo esa temporada en el primer equipo, el Birmingham City retiró su dorsal, el número 22.

Una pieza periodística publicada en Sky Sports sobre el fenómeno Jude describe la pasión en Birmingham por él. No se trata tanto de su figura, sino de su ejemplo. La fuerza del equipo inglés consiste en crear jugadores que sientan la camiseta y el escudo como algo parte de su identidad y se reconozcan en el club desde niños; el 22 podrá volver a ser usado en el primer equipo, pero sólo podrá ser Bellingham el que lo lleve. Llegó a los ocho años al club y fue subiendo escalones de tres en tres, jugando siempre con niños mucho mayores que él. En la revista peruana Depor, el jefe de la cantera lo explicó de esta manera: forjar un sentido de pertenencia es el eje de las categorías inferiores. “Siempre lo centramos en eso. No estamos en una posición en la que podamos ofrecer las recompensas financieras de algunos de los grandes clubes de la Premier League. Pero lo que podemos hacer es tomar a ese niño que sueña con jugar en el equipo y ayudarlo a hacer ese sueño realidad”.

Respecto a esto último, tanto en Dortmund como en Madrid, sus siguientes paradas de la posadolescencia, Bellingham ha tenido la necesidad de reivindicarse rápidamente como parte del club, uno de esos jugadores que al llegar rinden culto a los mayores, interpelan a su público, defienden a sus compañeros y se señalan el escudo. Hay quien hace todo esto y es todo cuanto pueden dar: sustituyen con pasión la falta de fútbol. En el caso de Bellingham la combinación es explosiva para el madridismo: desde el antológico 5 elegido (Zidane por encima de todas las cosas, pero también Redondo) al carácter puesto en la cancha: si no gustan mis brazos en cruz, la celebración que llevo haciendo desde los 16 años, la haré todos los partidos, aunque tenga que marcar un gol en cada uno. Al acabar el partido contra el Girona, donde dio un asistencia de fantasía y marcó el último gol, dijo a las cámaras de RMTV que no tenía ni idea de cuándo y por qué empezó a hacer esa celebración: “No lo sé exactamente. Empecé en Birmingham y lo he continuado, pero no hay una razón”. Lo inexplicable, tan común en el fútbol, está detrás del relevo natural de la celebración de Cristiano Ronaldo en los patios de colegio, gestos icónicos que se quedan en la memoria del aficionado casi con tanta fuerza como los goles.

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