martes, junio 18

FC Barcelona: El desencanto | Fútbol | Deportes

El despido de Xavi está más que justificado. Igual que el cabreo de Joan Laporta cuando escuchó a su entrenador admitir, después de haberse puestos ciegos de sushi y decir lo contrario, que no podrían competir con sus grandes rivales: ni en España con el Madrid, ni en Europa, con un sinfín de equipos con mayores recursos. Es normal que le hayan echado, porque Xavi se cargó de un plumazo la ilusión, o sea, lo único que todavía tiene sentido en el fútbol. La ilusión entendida como ese amasijo de emociones optimistas, pero también como el espejismo de la realidad. Nuestros sueños aspiracionales. El truco que nunca habríamos querido verle al mago y lo único que nos permitía esquivar el gran desencanto.

A Koeman ya le ocurrió con aquel “es lo que hay”. También a Bernd Schuster en el Real Madrid, cuando confesó que era imposible ganarle al Barça de Guardiola en vísperas de un clásico. Esas cosas se piensan, se estudian, se combaten en silencio en cualquiera de nuestras guerras interiores. Pero no se verbalizan jamás. Hay que mentir, y seguir mintiendo. De lo contrario, se produce la ruptura del principio de ficción, que rige las relaciones sentimentales, artísticas e, incluso, las operaciones financieras. Empiezas contando la verdad, y terminas derribando el edificio de cualquier relato, el de una familia e incluso el de todo un régimen dictatorial, como hizo Jaime Chávarri con la estratosférica El Desencanto (1976) y la historia de los Panero. “El fracaso es la más resplandenciente victoria”, proclamaba el poeta Leopoldo María en el documental. Aunque este no sea el caso, claro.

La realidad, valga la paradoja, es que los aficionados han perdido ese alimento emocional que mantiene vivas las ilusiones. O se lo han robado. Los lunes evitamos la prensa deportiva. Y el mercado de fichajes, tan excitante incluso en tiempos de Josep Lluís Núñez cuando lo delegaba en la portera, se ha vuelto la confirmación de lo que es el club. O de lo que ha dejado de ser. La evidencia muestra también que no es solo culpa de Xavi. Llevamos así años. Y ahora entendemos que los momentos de esplendor del Barça eran como una de esas estrellas que siguen brillando miles de años después de haberse apagado. Lo sabía Guardiola cuando dijo aquello de “ens farem mal” (”nos haremos daño”) y cogió la puerta para largarse a meditar a Nueva York. Traumático. Pero al menos le ahorró al Barça, esa especie de madrastra cruel, que destrozase a una leyenda del club como ha hecho con Xavi, Koeman o Messi, a quien le prometieron una renovación con un asado, y enfiló el camino de París llorando. O no digamos a Cruyff, cuando devolvió la insignia de presidente de Honor en uno de los tragos más amargos del club. “Yo me destruyo para saber que soy yo y no todos ellos”, decía también Panero en El Desencanto. Y en eso sí se reconoce el Barça.

El despido de Xavi, pues, entra dentro de la lógica del fútbol. El problema es cómo se ha hecho, la imagen que ha proyectado el Barça de sí mismo y el sadismo mostrado con un mito al que han dejado cociéndose a la intemperie durante 10 días mientras decidían si podían pagar los 20 millones de su finiquito —normal si Xavi finalmente no los perdona— y si quedaba alguna palanca de la que tirar para su sucesor. “Es cruel y desagradable ser entrenador del Barcelona”, dijo el de Terrassa ignorando que todavía lo sería más dejar de serlo. Un sainete final que estuvo a punto de empañar la fiesta del fabuloso equipo femenino con un Laporta pidiendo foco y gritando —él también— que “es muy difícil ser presidente del Barça”. Podían haberlo pensado antes.

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