martes, junio 18

Flick, este Barça necesita un meneo | Fútbol | Deportes

No tengo pruebas, pero tampoco dudas, de que si Don Xavier Hernández Creus (Terrassa, 44 años) hubiese jugado en el Real Madrid hoy tendría una estación de autobuses con su nombre en la capital, una canción biográfica de Carolina Durante, una estrella en los tapones de cerveza y el número de teléfono del alcalde y la presidenta de la Comunidad para lo que pudiese necesitar. Pero Xavi fue el seis del Barça y cerebro de una generación que entendía la vida girando en redondo, como su fútbol, o como yo, cuando me examiné la primera vez para el permiso de conducir y tardé quince minutos en salir de una rotonda.

Se acabó lo de maltratar a una leyenda que quiso convertirse en mortal al aceptar el encargo de reflotar a un equipo lastrado por la salud económica del club, las expectativas exageradas de una parte de la afición y el conformismo de la otra, tan capaz de hacer la ola perdiendo en casa como de gritarle a Xavi, por la calle, para que insistiese en lo que fuera que estaba haciendo. Y digo maltratar en el sentido menos natural de la palabra, pues si de algo jamás podrá quejarse el Xavi entrenador será del trato que le ha ofrecido la prensa de Barcelona en general. De su obsesión por estandarizar la opinión y alcanzar una suerte de pensamiento único culé ya no merece la pena ni hablar: cesó el mortal, vuelve la leyenda.

Su adiós vino acompañado, por cierto, de mucho golpe en el pecho y cierto tremendismo: ese es el auténtico ADN Barça. No fueron pocos los que intuyeron tormenta, incluso tormento, en la negociación de un finiquito que ha terminado con Xavi perdonando once millones de euros y algún responsable del club suspirando de alivio tras haberle firmado, en su día, esos mismos once millones de euros a un entrenador que solo había cumplido con dos de los muchos requisitos exigidos: ganar la Liga y ganar al Madrid. Desde un punto de vista puramente objetivo, el adiós cuasi gratuito de Xavi en un contexto tan delicado podría interpretarse como un logro más en esta infeliz etapa, el tercero.

Su sustituto será Hansi Flick, alemán. Y cuanto menos se adapte a la ciudad, a Cataluña y a España, mejor para todos. Este equipo necesita un meneo de esos que solo resultan posibles desde el desconocimiento y un severo distanciamiento sentimental. Un entrenador que no hable. Que grite. Que haga servir su lengua materna ante los jugadores, las autoridades, los medios de comunicación, los publicistas del club, los porteros del Sutton y cualquiera que pretenda acercarse a él para explicarle la idiosincrasia de un club que no tiene idiosincrasia desde que se murió Cruyff y se fue Guardiola. Insistir en hacer lo que harían ellos sin saber cómo se hace, solo puede corregirse entregando las llaves a un extraño que aterrice en Barcelona con su propio látigo y libro de estilo.

Hace años, en Galicia, se puso de moda el uso de una especie de semáforos en los mítines de los políticos más influyentes. Sus asesores los utilizaban para darles instrucciones con señales sencillas, hasta que a uno de ellos se le fue la mano con las advertencias, y su candidato se revolvió enfadado desde el atril: “Como me vuelvas a poner el semáforo en rojo bajo ahora mismo y te pego dos hostias”, le dijo. Sin querer amparar comportamientos violentos ni alentarlos, esa es la actitud que necesitaría el nuevo entrenador del Barça si alberga alguna esperanza de triunfar: no atender a nadie y mucho menos a mí.

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