martes, junio 18

La ausencia de un plan sobre Gaza fractura al Gobierno de coalición de Netanyahu | Internacional

El pulso que lleva meses librándose en el Gobierno de guerra israelí —a puerta cerrada o a través de filtraciones— ha salido esta semana a plena luz. Uno de sus pesos pesados, Benny Gantz, ha dado públicamente un ultimátum al primer ministro, Benjamín Netanyahu: o alcanzan un acuerdo antes del 8 de junio en torno a seis “objetivos estratégicos” o abandona el Ejecutivo. Lanza la amenaza consciente de que, en unas eventuales elecciones anticipadas, su formación (Unidad Nacional) saltaría de 12 a 30 escaños (un cuarto del Parlamento), mientras que el Likud de Netanyahu caería de 32 a 19, según el sondeo publicado este viernes por el diario Maariv.

Su marcha no implicaría la caída automática del Ejecutivo, ni la convocatoria de elecciones anticipadas que muchos piden en las calles. Pero sí arrinconaría a Netanyahu justo en una semana en la que la muerte de 11 soldados (alrededor de la mitad por fuego amigo) y la recuperación de cuatro cadáveres de rehenes (en vez de que volviesen vivos en un canje) ahondan la impresión de que la “victoria total” prometida es una quimera y Gaza podría acabar convertida para Israel en una suerte de Vietnam.

Entre Gantz y Netanyahu no hay diferencias ideológicas notables. No es, en absoluto, un pulso entre una paloma y un halcón. De hecho, el propio Gantz se ha preocupado en subrayar este domingo que él habría invadido Rafah y “acabado el trabajo” hace meses y que también rechaza crear un Estado palestino y que la Autoridad Nacional Palestina (ANP) gestione los asuntos civiles en la Gaza de posguerra. Reprocha incluso a Netanyahu haber firmado con Yasir Arafat en 1997 (durante su primera legislatura) la división de la ciudad de Hebrón, en el marco de los Acuerdos de Oslo.

El problema está, argumentó, en la ausencia de “una brújula estratégica clara y realista” y en el “sabotaje de los esfuerzos para cultivar el apoyo de Estados Unidos y de los países árabes moderados”, de forma que “otros actores palestinos” tomen el control de Gaza. Netanyahu cree que esta estrategia equivaldría a empezar la casa por el tejado: mientras que Hamás “siga en pie”, nadie va a ofrecerse para gestionar el día a día los escombros de una Gaza en la que el ejército israelí seguiría efectuando redadas frecuentes, como hace ahora en las ciudades de Cisjordania bajo control administrativo y de seguridad de la ANP.

Gantz marcó seis objetivos estratégicos para el acuerdo. El primero, simbólicamente, es traer de vuelta a los rehenes. El segundo, establecer un “mecanismo de Gobierno civil” con implicación de “elementos estadounidenses, europeos, [de los países] árabes y palestinos que sirva como base para una futura alternativa que no sea Hamás ni [Mahmud] Abbas [el presidente de la ANP]”. También promover la normalización de relaciones con Arabia Saudí y crear un marco para que “todos los israelíes sirvan al Estado”. Es decir, para acabar con la exención del servicio militar obligatorio de la que gozan los ultraortodoxos (socios de coalición de Netanyahu) desde la creación del país, en 1948.

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El comentarista político Ben Caspit recuerda en el diario Maariv que Gantz no ha elegido como tope el 8 de junio por casualidad. Seis días antes, el Tribunal Supremo se reunirá —con nueve jueces, en vez de los habituales tres— para abordar la exención militar para los ultraortodoxos. Cuando hace dos meses, Netanyahu anunció que no había acuerdo para renovar la exención, el Supremo obligó al Estado a dejar de transferir fondos a los seminarios religiosos judíos cuyos alumnos deberían ir a filas. Es, a juicio de Caspit, el asunto “que más pone en riesgo” la coalición. Una brecha a flor de piel desde hace años que la movilización masiva de reservistas para Gaza y las fronteras con Líbano y Siria ha hecho que vuelva a aflorar y sobre la que Netanyahu busca ahora un acuerdo contra reloj.

Beneficio propio

Hoy, cunde la sensación en la oposición (y en parte de la derecha) de que Netanyahu dirige la guerra guiado solo por su propio beneficio. Que remolonea con preparar el famoso “día después de la guerra” ―como le pide su gran aliado, Washington― porque el estado de guerra permanente le perpetúa en el poder. Y que la presentación de Rafah como condición sine qua non para la victoria total le permite mantener viva la esperanza de que esta se encuentra “al alcance de la mano” (como la definió ya en febrero) y parar ahora quitaría sentido a estos últimos siete meses. Lo recalcó este sábado, con su nueva frase fetiche: “Nuestros soldados no han muerto en vano y desde luego no para reemplazar Hamastán con Fatahstán”. Es un juego de palabras con los nombres del movimiento islamista que gobierna Gaza desde 2007 y la facción que vertebra la ANP en Cisjordania, a la que legalmente le correspondería gestionar Gaza y que la comunidad internacional ve como una única opción realista.

La falta de un plan de posguerra está afectando ya a las tropas sobre el terreno: el vacío de poder que deja cada retirada del ejército facilita los intentos de reagrupación de los milicianos, de forma que acaban volviendo a los lugares de los que se habían retirado, como ha sucedido estos días con el mayor campo de refugiados, Yabalia, o con el barrio Zeitún de la capital.

Un tanque israelí, cerca de Yabalia, en Gaza, este jueves.ATEF SAFADI (EFE)

Gantz no pasó por alto el tema en su conferencia de prensa: “Primer ministro Netanyahu, la elección está en sus manos. Si prioriza el [interés] nacional sobre el personal, seremos socios en la batalla. Si elige el camino de los zelotes [la facción más radical del judaísmo hace dos milenios, en alusión a sus socios ultranacionalistas] y lleva a todo el país al abismo, nos veremos forzados a abandonar el Gobierno”. Netanyahu acusó a Gantz de buscar una “excusa para derrocar el Gobierno” y adornar con palabras un “significado claro”: “poner fin a la guerra, la derrota de Israel, abandonar a la mayoría de rehenes, dejar a Hamás intacto y establecer un Estado palestino”.

Al principio de la guerra, Gantz comparecía ante la prensa junto a Netanyahu y al ministro de Defensa, Yoav Gallant, para transmitir imagen de unidad. Tampoco entraba al trapo cuando los periodistas le preguntaban una y otra vez sobre sus diferencias políticas y su permanencia en el gabinete. Esas ruedas de prensa son cosa del pasado.

Gantz ya pidió el mes pasado elecciones anticipadas para septiembre. Lleva meses presionado para bajarse del barco. Tanto en los pasillos como en la calle. Pero, en un país nacionalista, militarista y que vive el 7 de octubre como su particular 11-S, este hombre de voz grave y pocas palabras, exministro de Defensa y exjefe del Estado Mayor, no puede echar por la borda el principal valor que ha disparado su popularidad: la confianza de la población en que solo piensa en el bien del Estado judío.

No perder las próximas elecciones

Lo señalaba este domingo Nadav Eyal, uno de los principales comentaristas políticos del país, en el diario Yediot Aharonot: “Gantz ha comenzado una compleja operación quirúrgica: irse del Gobierno, forzar la convocatoria de elecciones y no perderlas”. Eyal cree que “un ataque directo, áspero y agresivo a Netanyahu alejaría a esos votantes, que decidirán el resultado de las próximas elecciones” y sin los que “carece de posibilidad” de alcanzar la jefatura de Gobierno. Se calcula que obtendría hoy unos nueve o diez escaños de quienes votaron al Likud en 2022 y vieron venirse abajo, en el enorme fiasco del 7 de octubre, la imagen de Netanyahu como “señor Seguridad” . Los servicios de inteligencia no lo vieron venir, los milicianos abrieron sin problemas la carísima barrera en torno a Gaza y los cientos de atacantes que entraron en Israel mataban y secuestraban andando porque las fuerzas de seguridad tardaron horas en llegar.

Sin Gantz, Netanyahu podría seguir en el poder de la mano de ultranacionalistas y ultraortodoxos, los socios con los que formó tras las elecciones la coalición más derechista de las siete décadas de historia del país. Precisamente, los dos principales líderes de la ultraderecha han pedido este domingo a Netanyahu que no espere al 8 de junio y eche a Gantz del Gobierno. “Ha llegado el momento de desmantelar el gabinete y cambiar a una política decidida, fuerte y decisiva”, ha señalado el ministro de Seguridad Nacional, Itamar Ben Gvir, mientras que el titular de Finanzas, Bezalel Smotrich, ha culpado a Gantz de los “titubeos” en la acción militar ―que ha dejado más de 35.000 muertos, inmensa devastación y, en los últimos días, el desplazamiento forzoso de 800.000 personas por miedo a la invasión de Rafah― y ha pedido a Netanyahu que decida “no detener a las tropas en Rafah” hasta retomar de forma permanente el “control pleno” de la Franja.

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