martes, mayo 21

La banalización de la violencia entre los jóvenes: “No necesitas ir empastillado, usas el cuchillo porque lo ves normal” | Sociedad

Un chico de 16 años abre la puerta de un vagón del Cercanías en Madrid. Acaba de emplear un machete para agredir a otros jóvenes, a los que deja dentro del convoy. Unos días antes, estos le habían lanzado una de las ofensas más graves dentro de las bandas juveniles violentas. Dos palabras llenas de significado para ellos: “fuck” (en español, que te jodan) y el nombre de la banda. Motivo suficiente para buscar venganza. “Teníamos un machete y un cuchillo, les preguntamos si eran ellos y lo hicimos”. Un mes después, la Policía lo detenía y acabó siendo condenado por un delito de homicidio en grado de tentativa. Hoy, todavía encerrado en un centro de menores y ya con 18, es otra persona.

“Mi madre se ponía a llorar, yo estaba con la mente nublada y le decía que era mi vida, que yo decidía”, cuenta. Era un chico que sufría acoso escolar. Hasta que una de las dos bandas más potentes en este momento (Dominican Don’t Play y Trinitarios) lo “acogió”. Tiempo después, su vida era la calle y nunca salía de casa sin un arma. “No necesitas ir empastillado, usas el cuchillo porque lo ves normal”. Le detuvieron en su casa al amanecer, ya de madrugada llegó al centro: “Me tumbé y pensé: ‘Estoy mejor aquí que en la calle’. Me sentí tranquilo, liberado. Ya me podía olvidar de todo”.

La Fiscalía General del Estado alertaba la semana pasada en su memoria anual de una “explosión delictiva” entre los menores condenados en 2022 y un “incremento de conductas delictivas cada vez más violentas”. La violencia que atenta contra la vida, reconocía en una entrevista el fiscal coordinador de menores Eduardo Esteban, tiene bastante que ver con la presencia y aumento de las bandas juveniles violentas, que siguen representando un porcentaje “ínfimo” de los jóvenes. Mientras los delitos en general cometidos por menores en 2022 apenas subieron un 1%, sí despuntaron los asesinatos y homicidios (tanto los consumados como en grado de tentativa): aumentaron un 14,77% hasta alcanzar las 101 causas incoadas. Si se compara con 2017, el incremento es del 100%.

El ministerio público mostraba su preocupación por la “banalización” de la violencia entre los jóvenes y la “carencia total de valor por la integridad física propia y ajena”, así como por la facilidad con la que los integrantes de bandas juveniles violentas adquieren armas blancas, las más “brutales”.

Bárbara Scandroglio es profesora de Psicología de la Universidad Autónoma de Madrid (UAM) y lleva dos décadas estudiando y trabajando a pie de campo con grupos juveniles de todo tipo, desde neonazis hasta Latin King, pasando por las bandas juveniles actuales. “Cuando percibes el mundo a través de tu pertenencia a un grupo, pierdes tu consciencia como persona individual. Eres un miembro reemplazable del conjunto. Y los adversarios no son Pablo o Pedro y tienen cara, son, simplemente, el enemigo. Por eso no piensan que están acuchillando a un igual, es lo mismo que les sucede a los maltratadores o a los soldados”, señala. Así se expresa el chico del inicio, el español condenado por homicidio en grado de tentativa: “Cuando ves a un amigo macheteado, te jode y piensas ya lo vengaré. Ya lo encontraremos”. En su caso, como sucede con la mayoría, el contacto con un arma blanca no fue algo extraordinario: “En el barrio se ven muchas cosas, los cuchillos son algo normal”.

Un grupo de menores hace ejercicio en un centro de menores de Madrid.Santi Burgos

La experta de la UAM pone un ejemplo muy concreto, el testimonio que recabó de un policía. “Me dijo que se había quedado muy impactado, porque acababan de detener a un menor acusado de matar a otro chaval. Después de dar sus datos, hizo ademán de irse a casa. Le tuvieron que explicar lo que suponía un asesinato, porque él seguía con la adrenalina de haber hecho algo heroico para el grupo”.

Luis Jesús Andrés, psicólogo en un centro de reforma de Madrid, trabaja con estos casos diariamente. “Ellos piensan: ‘Estos amigos llegaron en un momento de mi vida en el que yo me sentía solo, podía estar en una situación de acoso o desprotegido y ellos me ayudaron y me sacaron de esto. Por eso les debo lealtad y respeto porque son mi familia”, apunta. “Por eso todo se convierte en un ‘o tú o yo”, sentencia. “Aquí tratamos de desmantelar esas resistencias. Hay que hablar sobre por qué entraron en el grupo violento, sacarles de la visión de túnel en la que solo piensan en ellos. Se dan cuenta de que sus acciones tienen una consecuencia”, señala el psicólogo. Todo esto lleva tiempo, como advierten los responsables del centro, el chico educado y tranquilo que ahora se sienta en una silla y explica cómo macheteó a un “enemigo” y entiende que eso no es normal, es radicalmente opuesto al que llegó hace dos años. Él mismo lo razona: “Para darte cuenta tienes que estar mucho tiempo encerrado en un centro, por mínimo que sea el contacto con ellos (los integrantes de la banda) eso no funciona”.

El psicólogo cuenta que, en la mayoría de los casos, los chicos presentan vulnerabilidades desde edades muy tempranas. Muchos de ellos sufren la falta de afecto de sus padres, obligados a trabajar largas jornadas para hacer frente a situaciones muy precarias. “Tienen mucho tiempo libre y se sienten solos, abandonados. La banda no solo les aporta un sentido de pertenencia, también les da acceso a dinero”. La actividad de las bandas incluye de forma habitual el robo con violencia.

¿Existe una “explosión violenta”? ¿Son los jóvenes recién llegados a las bandas más violentos? El catedrático de Antropología Social de la Universidad Pompeu Fabra y director del proyecto de investigación sobre bandas TransGang, Carles Feixa, considera que la respuesta policial de encarcelamientos masivos de los cabecillas de las bandas (habitualmente, mayores de 18 años) no ha ido acompañado de los recursos sociales necesarios para atender a los menores que siguen en la calle como integrantes de esas bandas. “Esa acción policial no funciona por sí sola, tiene un efecto contraproducente: cuando se descabeza a estos grupos, se reorganizan de una forma más anárquica e incluso utilizan métodos más violentos”. Feixa se refiere a autonomías como la de Madrid, donde programas como el de educadores de calle —integradores sociales que median entre los jóvenes en conflictos callejeros en puntos calientes de la ciudad— se han ido reduciendo.

Scandroglio apunta también a la pandemia como un factor fundamental. “Hubo un resurgir, no solo de las bandas llamadas latinas, sino también de otros grupos juveniles sin esa seña de identidad. Imagínate un adolescente en el confinamiento, al que se le desdibuja el horizonte, eso afecta mucho a nivel mental, es un impacto objetivo. Cuando al adolescente se le cae el horizonte busca el refugio en su tribu, por así decirlo, y una manera de diferenciarse es buscar la confrontación con otros”, explica. La experta, sin embargo, no cree que estemos ante una situación alarmante ni que no se haya dado antes. “La violencia es cíclica, como sabemos los que la llevamos estudiando décadas. Si se llega a un pico, después baja, nunca se estabiliza en esos niveles altos”, puntualiza.

“Está demostrado que a esas edades son perfectamente reconducibles, pero hay que invertir en ellos”, apunta Feixa, que señala que sus posibilidades de encontrar trabajo son remotas, sobre todo tras el parón de la pandemia, y ven la calle como la única alternativa. “Su grupo es lo único que les queda”, aclara. La figura del agente tutor, policías locales vestidos de paisano que contactan con adolescentes en los entornos de los centros educativos y se encargan de evitar que engrosen las filas del crimen organizado, también ha sufrido recortes en Madrid capital. Scandroglio opina en esta misma dirección y asegura que todas las intervenciones tienen que ir dirigidas a ofrecer alternativas: “No puedes decirles simplemente que su modo de vida es malo sin ofrecerles alternativas de ocio y empleo”.

Una de las puertas de acceso a un centro de menores de Madrid.
Una de las puertas de acceso a un centro de menores de Madrid.Santi Burgos

En busca de más respuestas a ese incremento de la violencia, la experta en criminología de la Universidad de Bristol, Jade Levell, señala que lejos de la visión más clásica que culpa a los productos culturales que consumen los jóvenes, como las series, películas o música con contenido inapropiado, el disparador es la violencia intrafamiliar y la violencia machista que sufren estos chicos, ya sean víctimas directas o testigos. En su investigación Chicos, víctimas de violencia intrafamiliar y bandas juveniles, un porcentaje elevado de los menores entrevistados aseguró haber convivido con la violencia en casa. “El hecho de crecer con la figura violenta del padre es la forma en la que naturalizan y normalizan la violencia, el impacto es claro”. Levell denuncia que los mecanismos sociales de apoyo a esos chicos no están funcionando. “Si el Estado no les presta ayuda, se involucran en las bandas. Tenemos que revisar los desafíos que ellos enfrentan siendo menores y más que verlos como perpetradores de violencia, hay que mirarlos como a víctimas del sistema. Son adolescentes”.

Más que en Netflix o HBO, la violencia se aprende en casa, defiende también M. Carmen Cano, responsable del equipo de investigación de violencia filio-parental de la Universidad de Jaén. “El mecanismo más importante en el aprendizaje es la imitación; ya sean víctimas o testigos, han aprendido un modelo de comportamiento y lo ven como una forma adecuada de resolver conflictos”, indica Cano, que insiste en que un joven no se vuelve violento de la noche a la mañana.

Aunque la idea está muy extendida, el investigador, experto en cultura urbana y conductor del programa La historia secreta de Radio 4, Oriol Rosell, defiende que productos culturales como los videojuegos no son el problema, sino el “déficit desolador de educación”. La pertenencia a bandas tiene que ver también, sostiene, con el derrumbe de la idea de meritocracia. “Saben que, hasta con estudios, lo que les espera es trabajar en un McDonalds. No hay donde agarrarse y tienen que hacer algo para salir del agujero. Lo que pasa por su cabeza es salir de la pobreza de forma autónoma a costa de quien sea”.

Los datos de reinserción de los menores son muy positivos, el 92% de ellos no vuelven a ser condenados como menores, según datos oficiales. La jueza Concepción Rodríguez está al frente de un juzgado de menores en Madrid desde hace 20 años. “Cuando pasan por aquí es como si tocaran fondo, le ven las orejas al lobo y perciben que tienen que cambiar de vida. Nosotros estamos para ayudarles en eso, estamos orientados en la reeducación y por supuesto en la reparación de la víctima”, explica la magistrada. Según su experiencia, el sistema funciona. Cita un caso como ejemplo: “Hace poco recibí una carta de agradecimiento de un policía municipal que acababa de aprobar la oposición y cuando era menor pasó por aquí”. Hay 75 jueces de menores en España.

La Asamblea de Madrid, la región más afectada por la violencia de grupos juveniles, creó el año pasado una comisión de estudio de bandas en la que participaron expertos sociales y policiales. Entre ellos, Javier Susín, el jefe de la Brigada Policial de Información de la Policía Nacional en Madrid, que trazó un retrato robot de los miembros que conforman estos grupos. Entre otros elementos, destacó la bajada en la edad de entrada a estos grupos, que pertenecen a familias de madres solas y que buscan un sentimiento de pertenencia e identidad en estas agrupaciones. “Uno de los últimos detenidos relacionado con un caso de homicidio”, contó en ese momento, “llevaba tres meses sin ir al instituto, ¡pero es que tampoco aparecía por casa!, y la madre nos decía: ‘Bueno, viene a comer alguna vez…’. Entonces, claro, el sentimiento de la banda es un sentimiento que suple a la familia, sirviendo como una forma de integración”.

Susín también destacó que ahora la edad de entrada a estos grupos había bajado a los 12 años: “En tres años hemos pasado del 10% al 40% de menores detenidos”. También especificó que las abandonan antes: “Los mayores se están incorporando antes a la delincuencia organizada, o sea, ya trafican con droga, robos con violencia… Hacen encargos a los menores para, como dicen ellos, hacer caídas (atacar con armas) sobre otros integrantes de bandas contrarias porque saben que tienen una punición mucho menor”.

El chico del inicio tiene otra perspectiva. Quiere estudiar Formación Profesional durante el tiempo que dure su medida. A largo plazo, aspira a “comprar una casa y tener una novia”, cuenta con una sonrisa. Entró con 16 años y saldrá, como mínimo, con 20.

Suscríbete para seguir leyendo

Lee sin límites

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *