martes, mayo 21

¿Toca florecer ya? El calor en pleno invierno desorienta a las plantas | Clima y Medio Ambiente

Las altas temperaturas varían los ritmos de muchas plantas, que ante otoños e inviernos templados florecen antes e incluso pueden llegar a hacerlo dos veces. Este enero, Javier Cano, jefe de la oficina meteorológica de Getafe (Madrid) de Aemet, se ha topado por primera vez en 44 años de observaciones ininterrumpidas en la Comunidad de Madrid con algún ejemplar de almendro en flor todavía con hojas verdes de la temporada pasada, que deberían haber desaparecido a finales del otoño o principios de invierno. “Es una anomalía que nunca había visto y se puede deber a que apenas hay heladas, necesarias para que el árbol se desprenda de esas hojas”, explica. Además, las primeras flores han surgido 16 días antes del 7 de febrero, la fecha promedio de inicio de la floración, tomando como referencia las últimas tres décadas.

Los datos de Cano confirman que este adelanto en los almendros del sur y centro de Madrid ―una de las especies que primero florece― se ha convertido en una tendencia: en cuatro décadas los pétalos aparecen cinco días antes. Las modificaciones en la floración se detectan desde hace años en diferentes especies, y no se debe solo a episodios puntuales de calor en pleno invierno como el que se está viviendo en España, en el que se han batido 68 récords de temperaturas.

Cataluña es un claro ejemplo. Las temperaturas de septiembre y octubre del año pasado, mucho más cálidas de las habituales, convirtieron el otoño en una segunda primavera, indica el Centro público de Investigación Ecológica y Aplicaciones Forestales (CREAF). Las plantas decidieron volver al atuendo primaveral: la viña del Penedès y el Garraf rebrotó, la caída de las hojas de los árboles caducifolios se retrasó y multitud de plantas silvestres y árboles frutales florecieron por segunda vez desde las Terres de l’Ebre hasta la Cataluña Norte.

En 2022, la vorágine fue similar y los rosales de montaña de zonas interiores de Cataluña florecieron cuatro o cinco meses antes de lo habitual, un hecho inédito, que recogieron voluntarios del observatorio RitmeNatura, una iniciativa de ciencia ciudadana gestionada por el CREAF y el Servei Meteorològic de Catalunya. “Incluso”, destaca el CREAF, llegaron a producir fruto “por segunda y hasta tercera vez, árboles como el peral o el cerezo”. Todavía no se han estudiado los efectos que haya podido provocar el episodio de calor actual.

Segunda floración de un rosal silvestre el mismo año en Colmenar Viejo (Madrid).Pablo Vargas

No son anomalías inocuas, advierte Ester Prat, coordinadora de RitmeNatura. “Aunque las segundas floraciones son más discretas, la planta necesita agua y puede suponer el gasto de unos recursos que necesitará en primavera”, advierte. También puede ocurrir que las flores se abran antes de que aparezcan los insectos, “lo que afectaría a la producción de frutos por la falta de polinización, en definitiva, a la supervivencia de la especie”, añade Joan Pino, director del CREAF. Y el peligro de las temidas heladas tardías se acentúa, porque pueden provocar daños mayores que en décadas anteriores, cuando las plantas sufrían, pero no con tanta intensidad al no despertar antes de tiempo de su retiro invernal.

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Andrés Bravo, investigador del Museo Nacional de Ciencias Naturales (CSIC), plantea la necesidad de investigar en profundidad los efectos de las altas temperaturas invernales, a las que no se ha prestado tanta atención como a las veraniegas al ser menos habituales. “Estas perturbaciones responden a factores globales y hay que analizarlas de forma conjunta”, comenta. Pone como ejemplo, la afección al crecimiento de un árbol. “Si no llueve en invierno ni en primavera y la temperatura es más alta de lo normal, se puede producir un colapso en su crecimiento y, lo más seguro, es que aumente la mortalidad”, sostiene Bravo. Es una combinación de calor y falta de precipitación, “si esto se da es catastrófico en cuanto a su desarrollo y si a ello se suma una helada tardía, el problema se amplifica”.

Bravo añade que es el momento de “plantearse una gestión de los bosques, que permita disminuir la competencia por el agua con especies mejor adaptadas cuando se llevan a cabo repoblaciones”. Porque estos periodos de calor invernales serán cada vez más frecuentes, y son episodios que sacan a la luz el problema. “Son muy llamativas, la gente sé da más cuenta de que pasa algo si en invierno hay temperaturas altas, porque si hiciera frío, pero no lloviera, no se tendría la misma percepción”, plantea.

Agricultura en alerta

La situación genera una gran preocupación en las explotaciones agrícolas. El grupo de investigación del Centro de Investigaciones Científicas y Tecnológicas de Extremadura (CICTEX) trabaja en la biología reproductiva y necesidades de frío de los frutales. María Engracia Guerrero, miembro del equipo, explica que están desarrollando “varios proyectos, porque los inviernos son algo más templados y árboles que florecían perfectamente hace 20 años ahora tienen problemas debido a que cada especie necesita unos días de frío que ahora no cubre y algunas flores no dan fruto”, detalla. Cuando se cae la hoja de los frutales, el árbol cae en reposo y recoge reservas, al mismo tiempo que la yema se va formando, algo que es imperceptible desde el exterior. Para ello necesitan unas horas de frío, y luego calor, y cuando este ciclo se completa reviven y florecen. Pero, en la actualidad, “el calor se cubre fácil, pero el frío, no”.

Los investigadores realizan proyecciones a futuro, a 50 y 80 años vista, estudian los genes relacionados con esa necesidad de temperaturas bajas y las variedades que son genéticamente compatibles. “En algunas, como en el cerezo, sabemos qué gen es”, concreta. Se trata de que los agricultores sepan qué variedad deben elegir. Hay algunas como el ciruelo japonés que se han cultivado tradicionalmente y “que no se van a poder plantar dentro de 50 años si no se sustituye por una variedad que necesite acumular menos frío para florecer adecuadamente”.

Uno de los futuros más negros se cierne sobre las plantas de alta montaña, asegura Pablo Vargas, investigador del Jardín Botánico de Madrid (CSIC). “Son los mejores bioindicadores del cambio climático, sobre todo las de las cumbres mediterráneas que ya se encuentran muy mal”, sostiene. El escape más rápido para una planta, a la que no le da tiempo a evolucionar para adaptarse a las nuevas condiciones, es migrar hacia zonas de clima similar. No lo tienen fácil, porque los hábitats idóneos se reducen, no hay más terreno para continuar subiendo. Esto ocurre, por ejemplo, en Sierra Nevada (Granada), con la espuela (Linaria glacialis) y la amapola de Sierra Nevada (Papaver lapeyrousianum). “La otra opción de una planta acosada es resistir, poner en marcha su capacidad de aguante, como ocurre con la encina o el acebuche (olivo silvestre), pero eso depende no solo de la especie en concreto, sino de los individuos”, puntualiza.

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